En mi vida anterior fui filóloga clásica.
Estudié durante muchos años griego y latín, historia de Grecia y Roma, arte y literatura.
Estudié con pasión, dedicación y esfuerzo porque en las palabras de los
antiguos encontraba el sentido de todo lo que, a primera vista, no entendía.
La antigüedad clásica me fascinaba. En parte
hoy aun me fascina, sobre todo cuando miro hacia atrás y me veo a misma, encerrada
durante horas en una habitación llena de libros y papeles. En ese mundo se concentraba,
para mí, la quintaesencia de la
elegancia. Sé que la imagen que tenemos de la Grecia antigua no corresponde a
la realidad histórica, que no todo era luz y razón, que los templos y las
estatuas estaban pintadas de vivaces colores... Pero, incluso así, hay que
admitir que la harmonía de las formas, la distribución de los volúmenes así
como la simetría de las construcciones sintácticas, ilustran el concepto
occidental de equilibrio.
Este concepto se puede reducir a una palabra:
cosmos. Cosmos significa “orden” y se opone, como un antónimo, a la palabra
caos. Caos es lo que hay en el principio de los principios, mucho antes
que los dioses fuesen ni tan siquiera imaginados. El cosmos nace del caos, de
aquellos elementos primordiales que no tienen tan solo consciencia de existir.
Se necesita orden para que todo pueda empezar. Y orden para los griegos es
belleza. De hecho, de cosmos deriva
cosmética. La cosmética es la búsqueda del orden entendido como belleza. Por
eso, para los griegos, lo que es bello también es bueno.
Escribía John Keats (1795-1821), perdido en
la contemplación de una urna griega:
Cuando a nuestra generación destruya el
tiempo
tú permanecerás, entre penas distintas
de las nuestras, amiga de los hombres,
diciendo:
«La belleza es verdad y la verdad
belleza»...
Nada más se sabe en esta tierra y no más
hace falta.
Es bonito conocer el origen de las cosas, es
decir, el origen de las palabras… que viene a ser lo mismo, ya que las cosas
sin nombre simplemente no existen.

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